miércoles, 23 de abril de 2014

Babel derruída





La cafetería en la que habían quedado aquella tarde, como sucedía todos los miércoles, estaba a rebosar. Los clientes de aquel local realizaban actos tan dispares como mantener una animada conversación grupal, tratar de llamar la atención de aquel atractivo camarero cuya sonrisa no parecía tener la intención de desaparecer de su rostro o dejar que el café se enfriase mientras la inspiración se disparaba contra la pantalla del portátil. Y, entre toda aquella marea de actividad social, estaban ellos. Los únicos que le otorgaban una amarga y hostil frialdad a aquel ambiente tan cálido e íntimo.

Uno de ellos no sabía muy bien cómo habían llegado a volver a reunirse después de tantos meses. El nombre de su compañero de mesa hacía mucho tiempo que había dejado de aparecer en sus pensamientos y entre los primeros de su lista de contactos de Whatsapp,. Creía que se trataba de otra persona cuando este le envió un mensaje para pedirle aquella cita. Pero no. Era él. El que jamás admitía correcciones o equivocaciones. El que dejó que su orgullo y su ceguera acabaran con todo lo que años y años de convivencia habían construido entre ellos. 

Habían sido confidentes, hermanos de distinta sangre y compañeros inseparables cuya relación parecía ser inquebrantable. Sin embargo, todo aquello pertenecía a un pasado que poco o nada se asemejaba a lo que eran actualmente. Ahora no eran nada más que dos desconocidos a los que les había dejado de importar la vida de aquel que un día habían considerado un amigo. Una obra de arte cuya nula conservación la hacía irreconocible a los ojos de aquellos que la contemplaron cuando todavía brillaba por su singular belleza.

El que había citado a su antiguo amigo en aquella cafetería no fue capaz de pronunciar ninguna palabra, pero no tampoco la necesitó para poder expresar el motivo de aquella inesperada reunión.  En su lugar, una lágrima salió de unos ojos que imploraban arrepentimiento y perdón. Una lágrima que recorrió un rostro demacrado, muy distinto a aquel que rebosaba una arrogante e ignorante felicidad la última vez que se encontraron. Ahora suplicaba con otro tipo de sentimientos, aquellos que deberían haber aflorado de su interior cuando todavía estaba a tiempo de salvar aquella amistad que él mismo había decidido destruir. 

Él chico citado, en otras circunstancias, lo habría perdonado como todo buen amigo haría. Pero ya no. Había pasado mucho tiempo, y él también había cambiado el rumbo y las prioridades de su vida. Unas prioridades entre las cuales no figuraba el nombre de aquella persona que tenía enfrente. No volverían a congeniar como antes, y mucho menos si su memoria sólo lo retenía dentro de ella gracias al dolor que le provocó su abandono. No disponía de tanto tiempo libre como para intentar reconstruir de nuevo aquella torre de Babel. Lo único que podía conseguir era una réplica prefabricada de esta, y aquello era algo de lo que ya había aprendido a despojarse para poder vivir apaciblemente. Ya no daba la vida por alguien con tanta facilidad, y mucho menos si ese alguien ya había disparado contra sus sentimientos anteriormente.

Sin mediar ni una sola palabra, se sacó un billete de su cartera y lo depositó junto a los dos cafés que aún permanecían intactos sobre la mesa. Quiso sonreír a su compañero antes de levantarse y marcharse del establecimiento. Trató de querer ser educado y cortés con aquella persona que un día decidió convertir su vida en un infierno y, sin embargo, lo único que salió de sus labios fue un “no”. Una negación rotunda y segura como pocas antes había hecho a lo largo de su vida.  

Lo habían sido todo para convertirse en nada.


 Jorge Bastante

viernes, 28 de marzo de 2014

Los Renglones Torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena

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Alice Gould es ingresada en el ficticio Hospital Psiquiátrico de Nuestra Señora de La Fuentecilla (Castilla y León) por una serie de delirios que la han llevado a intentar envenenar a su marido numerosas veces. Sin embargo, ella cree que ha sido enviada a aquel lugar para resolver un misterioso asesinato que nunca llegó a esclarecerse. Sin embargo, la peculiar actitud de esta mujer supondrá un auténtico quebradero de cabeza para los médicos de aquel lugar, los cuales no son capaces de determinar si tienen delante a una mujer completamente trastornada o a una víctima de una extraña conspiración.

Mi primer encuentro con Torcuato Luca de Tena no podría haber sido más satisfactorio. Los renglones torcidos de Dios no es otra novela sobre la locura y los manicomios, es LA NOVELA por excelencia de estos temas. Y es que, para prepararla, el autor no dudó en ingresar en un hospital psiquiátrico durante un par de semanas para empaparse del desangelado y perturbado ambiente en el que viven conjuntamente aquellos que más conocen los entresijos de la mente y aquellos que se han perdido en su laberinto.

La experiencia no podría haberle sido más satisfactoria. Parece que Luca de Tena aprovechó todo el jugo de aquel amargo "viaje" para luego exprimirlo en esta novela de ficción donde la certeza y la locura se unen una complicadísima mezcla de la cual el lector, al igual que muchos de los personajes, no son capaces de saber a ciencia cierta qué es locura y qué es realidad.

Quizás una de las proezas más evidentes en esta obra literaria -con el permiso del gran nivel de conocimientos psicológicos que contiene y que se explican a la perfección para aquellos lectores no expertos en la materia- es la creación de un personaje tan singular y atractivo como el de Alice Gould. La protagonista de la novela desprende desde las primeras páginas una personalidad arrolladora y poderosa, con unos diálogos y apreciaciones totalmente fantásticas con los que consigue meterse a lectores, médicos y enfermos en el bolsillo. La empatía y el magnetismo que crea en cada página la convierten sin ningún problema en una de las heroínas literarias contemporáneas más estimulantes y, bajo mi punto de vista, en uno de los personajes literarios más redondos que he tenido la oportunidad de conocer.

Pero Alice Gould no es el único personaje que brilla en esta obra. Los renglones torcidos de Dios presenta todo un extenso abanico de personajes que, pese a que sean creados como instrumentos para aumentar la fuerza literaria de Alice, brillan con luz propia. Desde un fantástico elenco de médicos -adorables, como el caso de César Arellano, o irritantes, como Samuel Alvar- hasta una innumerable lista de dementes cuyas historias consiguen crear unos personajes redondos que facilitan la intromisión del lector en un mundo habitado por los despojos de la sociedad. Por poner algunos ejemplos de estos entrañables compañeros de Alice, diré que es imposible no reírse con Marujita Maqueira, contener las emociones con las historias de Rómulo y la Niña Péndulo o estremecerse con los inquietantes casos de La Mujer Cíclope y La Mujer Percha.

En definitiva, Torcuato Luca de Tena consigue construir un universo perfectamente caótico para contarnos una historia que va a más con cada capítulo y que nunca decae. Perfecta de principio a fin -porque sí, también contiene uno de los mejores finales que he leído últimamente-.

¿Será Alice Gould la demente más compleja de la historia de la literatura? ¿O será la persona más cuerda de todos los que la rodean? Os dejo que lo descubráis por vuestra propia cuenta al leeros la novela, la cual os recomiendo y os obligo a leer en cuanto podáis.

martes, 25 de marzo de 2014

La tara de la tecnología

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Vivimos en la era de la tecnología. Sin habernos dado cuenta, nuestro día a día está dirigido y atado a todo tipo de aparatos electrónicos que te despiertan, te preparan el café, te informan de los sucesos más actuales, te entretienen, te ayudan a trabajar e incluso pueden llegar a satisfacer las necesidades más instintivas y secretas de los usuarios.

Nos hemos abocado involuntariamente a la comodidad que nos produce la tecnología, esa que nos permite hacer varias cosas y estar en varios lugares al mismo tiempo sin la necesidad de estar o hacer nada. Y ante tanta felicidad construida a base de gigas y píxeles me surge la siguiente pregunta: ¿Estamos haciendo las cosas bien?

¿Es lo mismo hablar con alguien mediante 140 caracteres que hacerlo cara a cara? ¿Es igual de placentero sonreír a alguien que enviarle un emoticono que le demuestre esa sonrisa? ¿Produce la misma sensación ir a un estadio o a un cine que visualizar un partido o una película a través de una pantalla de 16 pulgadas? Creo que no es necesario que os exponga las respuestas.

Del mismo modo que todo lo anteriormente expuesto devalúa algunos aspectos de las relaciones humanas, la electrónica también empieza a masacrar poco a poco la literatura. Y no me considero un demente al pensar que el término "libro electrónico" es una de las mayores aberraciones léxicas de nuestro lenguaje. Si algo caracteriza un libro, es su capacidad para magnetizar todos los sentidos humanos con la historia que hay escrita en sus páginas.

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjI3PzMcsU3fw23zo02Ge2Fb6Ozq0M0fKq4VHPqjrsyg2ZQLQloI0QJmoX9glmUjBPWZukL3-7Y5rzlazhd_WOnP8nI1uu81voSeyiP9OUMTlx1VHHejkbts6-AjvQQ4PlSqn5Heqqcmxo/s1600/libros.jpgMuchos pensarán que el libro electrónico es mejor porque permite almacenar una mayor cantidad de libros en un espacio mucho más reducido y, además, a un precio mucho más económico. Pero lo que muchos no se paran a pensar es que con ese aparato se pierde gran parte de la emoción que supone tener un libro (ir a una librería, pasarse horas perdido entre las estanterías buscando aquella historia que te incite a pagar por ella, coger el libro y sentir su peso y, por supuesto, impregnarte de aquel olor tan característico que tienen sus hojas la primera vez que las tocas). Tampoco se puede comparar el impacto que produce ver una estantería de libros que han pasado por tus manos y por tu mente a lo largo del tiempo (¿cómo exhibes ante los demás y ante ti mismo tu currículo como lector a través de una minúscula pantalla?) y, en términos económicos, ya lo dijo el flamante escritor valenciano Joan Fuster: "Si le das a la literatura un valor, esta tendrá que tener un precio".

Así pues, no veo motivo alguno para rechazar los libros de papel y olvidar todo el esfuerzo, las ilusiones, la magia y la tradición que hay en ellos. Unos detalles que, bajo mi humilde punto de vista, no creo que el libro electrónico vaya a poseer durante toda su existencia.

La sociedad debe siempre avanzar hacia el progreso, pero manteniendo aquellos pilares que la han construido intelectualmente para conseguirlo. Y es que el libro, le pese a quien le pese, es y será siempre aquella tara de la tecnología que la convertirá en imperfecta.

sábado, 22 de marzo de 2014

Dioses y Quimeras


No estoy en contra de los dioses. Al fin y al cabo, sus poderes no sólo pueden usarse para propósitos truculentos y atrozes, por mucho que la sociedad en la que vivimos se empeñe en demostrarlo. Ellos no tienen la culpa de haber nacido a base de leyendas milenarias, como tampoco la tienen de aquellas reticencias impuestas por sus aduladores a lo largo de los siglos.

Pertenecer a una religión puede equivaler a vendarse los ojos y la mente, a delimitar la realidad y la capacidad que esta tiene para sorprenderte y a rechazar cualquier cosa que no esté sujeta a sus dictámenes. Unos buscan en ellas respuestas a preguntas que ni siquiera el destino puede descifrar, mientras que otros la utilizan como una especie de material simbiótico del que aprovecharse y aumentar su posición económica y social. Cada persona puede escoger actuar, pensar y ser lo que quiera, aunque esta elección aparentemente libre a veces caiga en una opresión irreparable.

No obstante, los dioses y las religiones no son los temas que quiero abordar en esta entrada. Yo no temo a los dioses, sino a aquellas quimeras que surgen a nuestro alrededor y que se erigen con una furia inadvertida para destrozar todo cuanto les sea capaz. Son monstruos de carne y hueso, de nombres y apellidos, que aparecen en las vidas de otros para apropiarse de ellas y así alimentar su sed de poder y control. 

Normalmente adoptan el disfraz de amigos o parejas, insertándose en el mundo de aquella persona que han escogido como víctima y desprendiendo en ella su veneno mientras esta es totalmente inconsciente de lo que ocurre a su alrededor. Se regodean en el placentero martirio del aislamiento, en sus grandes dotes de tergiversación y en el enorme placer que les produce ir derruyendo todos y cada uno de los pilares de la vida de su objeto de deseo hasta convertirles en sus esclavos o mascotas y hacerles creer que son ellos el único motivo por el que vale la pena vivir.

Personalmente, he tenido la suerte de no tropezarme con muchas quimeras a lo largo de mi vida, pero sí he sido testigo de gente que ha quedado atrapada dentro de su embrujo y de como estos han pasado de una vida aparentemente triste a una vida realmente peor.  Es triste ver como estos pobres infelices creen que se lo deben todo a esa secta psicológica que se ha incrustado en su mente y lo difícil que va a ser abandonarla cuando sean conscientes de lo que les está ocurriendo. 

Pero a todo dios, ya sea onírico o material, le llega su caída. Y pueblos más grandes se han vuelto a levantar después de ser expuestos a la repugnante tiranía de un monstruo.



jueves, 27 de febrero de 2014

"Her", la realidad del artificio

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No descubro un secreto ancestral al decir que el boca-oreja es la mayor promoción que puede tener cualquier obra de arte en la actualidad. Gracias a ello no sólo llegamos a leer, escuchar o visionar cosas que por nuestra cuenta no habríamos hecho nunca, sino que además te crean una sensación de necesidad por aproximarte a ellas y dejarse llevar por su contenido.

Algo así me ocurrió con Her, una película que llegó a mí hace ya un par de meses por la de comentarios y críticas que se dejaban ver por las distintas redes sociales, encumbrándola incluso antes de ser exibida. Una película futurista, supuestamente de ciencia-ficción, se convertía en el drama más conmovedor de los últimos meses. Y yo me pregunté: ¿por qué una película tan aparentemente lejana a nuestra realidad está consiguiendo trastocar o hacer reflexionar a todos aquellos que la ven?

La historia de Her es bien simple. Theodore es un hombre con el corazón roto, obstinado a vivir una vida que dejó de emocionarle cuando se separó de su esposa. Ahora se dedica a escribir cartas y dedicatorias ajenas, enfrentándose día a día a esos sentimientos que acaban con él inconscientemente, y aislándose del mundo que le rodea gracias a los distintos entretenimientos que ofrece la tecnología de esa época ligeramente avanzada a la nuestra. Pero entre tanto aislamiento social, Theodore descubre la existencia de un nuevo sistema operativo que dispone de un complejo mecanismo de Inteligencia Artificial personalizable con el que puede satisfacer todas las necesidades del usuario. Y así es como conoce a Samantha, una voz que cambiará el resto de sus días y, probablemente, su vida. El resto, ya lo descubriréis por vuestra cuenta si decidís acudir a verla algún día.

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Con una historia bien contada, una fotografía evocadora y unas interpretaciones más que magníficas -es imposible no desear abrazar a Joaquin Phoenix en algún momento del metraje-, Her viene a demostrarnos que aquello que el ser humano busca, ha buscado y seguirá buscando durante la existencia de nuestra especie es sentirse querido. Da igual que nos creemos falsos sentimientos de autosuficiencia o que nos empeñemos en vivir en un mundo donde se priorice mantener contacto con otros a través de mil pantallas. El ser humano huye de la soledad, necesitando sentirse querido por alguien -o algo- para dar lo mejor de sí mismo o para no hundirse cuando todo se viene abajo. Necesita unos labios que lo besen, unos brazos que lo abracen y un cuerpo con el que poder consumar unas necesidades tan instintivas como vitales. O hay veces que incluso se "conforma" con mantener una relación intelectual placentera y satisfactoria, y lo digo entre comillas porque probablemente es aquello más difícil de conseguir.

Y es que es imposible no salir desencajado de la sala de cine tras ver esta película. Probablemente porque lo más extraño de Her es tener la sensación de que te está contando una situación totalmente normal en un futuro no muy lejano. ¿O acaso no reímos, lloramos y nos emocionamos viendo una película a través de una pantalla o escuchando cierta música desde nuestros auriculares? Efectivamente, nos asemejamos a Thedoroe más de lo que pensamos.

 

martes, 18 de febrero de 2014

Caín, de José Saramago



Hay veces que el ser humano tiene la extraña manía de rechazar inexplicablemente cosas que nunca ha probado, decidiendo que no le atraen o no le gustan porque su cerebro así lo ha decidido. Pero la mayoría de veces, si nos atrevemos a dejar estos prejuicios a un lado y arriesgarnos, siempre terminamos pensando en cómo habíamos pasado tanto tiempo sin ello.

Esa fue mi experiencia con José Saramago, un autor al que yo tenía totalmente encasillado en géneros literarios que no me atraían demasiado y que, una vez más, me demuestran que cualquier historia o género literario puede ser maravilloso cuando el creador también lo es.

En Caín asistimos a una versión del Antiguo Testamento muy diferente al que se nos ha mostrado tropecientas veces en las escrituras bíblicas. José Saramago da un giro de tuerca a uno de los personajes más odiados por el cristianismo y lo convierte en absoluto protagonista -o espectador, depende del enfoque que le queramos dar- de esta disparatada y divertida historia que pone a Dios contra las cuerdas y que nos hace reflexionar sobre qué o quién es el verdadero villano de aquellas historias.

Con un humor absolutamente hilarante y mordaz, el lector podrá sumerirse en los viajes temporales de Caín y su jumento y releer historias como las de Moisés, Abraham o Noé muy distintas a las que nuestra mente tenía más que asentadas. Un libro para disfrutar en cada una de sus páginas al mismo tiempo que alimentas tu espíritu crítico respecto a cánones tradicionales de la civilización occidental.

Y es que, como bien me dijo el encargado de que este Caín llegase a mis manos, estudiar religión con este libro sería muchísimo más divertido...y creíble.


viernes, 14 de febrero de 2014

Sobrevivir a San Valentín

http://i29.photobucket.com/albums/c283/nickmain/Illustration/anti_valenentine.jpg 

 Si habéis salido a la calle a lo largo de esta semana, habréis comprobado que hay una cierta tensión en el ambiente. Y no es por culpa de esa ciclogénesis explosiva que los medios de comunicación nos venden como una nueva catástrofe medioambiental patrocinada por Michael Bay, sino por la proximidad de una fecha que levanta tantas pasiones como odio.

San Valentín es esa fecha donde las mujeres esperan el regalo de sus vidas, los hombres se dejan la vida buscando esos regalos y la maquinaria del comercio se frota las manos por lo patéticamente absurdos que podemos ser los seres humanos repetidas veces a lo largo del año.

No voy a decir que estoy en contra de un día como este porque no crea en el amor -de hecho, quien me conozca sabe que es todo lo contrario-, sino por el hecho de que fechas como esta deslucen por completo el resto de días. ¿Quién es peor novio por querer a su pareja del mismo modo los 365 días del año? ¿Tiene menos importancia darle una sorpresa a la persona que quieres sólo por el hecho de dársela un 19 de julio? Una vez más, el consumismo occidental gana esta partida carente de moralidad y sentido común -porque ya me diréis qué sentido tiene, por ejemplo, luchar contra el cáncer un sólo día y olvidarnos de él el resto del año-.

Como no quiero amargarles al día a aquellos que han caído presa del consumismo, ni tampoco a aquellos que no tengan nadie con quien celebrarlo, os diré que hoy es el Día de los Enamorados, pero nadie ha dicho a qué tipo de amor hace referencia. Por eso, lee una novela si tu pasión es la lectura, disfruta de una de tus películas favoritas si eres un amante del cine, o atibórrate a chocolate si ese es el motivo por el que late tu corazón.

Enamoraros de la vida, que es con la que tendréis que compartirlo todo hasta el fin de vuestros días.