lunes, 23 de junio de 2014

"El país de las últimas cosas", de Paul Auster


Que las cosas desaparecen es algo que el ser humano sabe a ciencia cierta. Objetos, amistades y sentimientos se corroen con el paso del tiempo hasta que un día desaparecen ante tus propios ojos. Sin darte cuenta, terminas una etapa y empiezas otra dejando atrás muchas de las cosas que la identificaban. El mundo y nuestras vidas están en constante cambio, pero es algo que el ser humano no ha sido capaz de asimilar con absoluta tranquilidad.

En 'El país de las últimas cosas' Paul Auster lleva al extremo esta realidad universal y nos presenta un universo donde todo desaparece en el sentido más literal de la palabra. Desde casas hasta bloques de edificios o desde productos lujosos a necesidades básicas como la comida, no hay nada en la novela que esté a salvo de este mal tan simple como aterrador. El mundo se ha convertido en un auténtico caos donde nadie sabe si va a poder ver salir el sol otro día más, y sobrevivir será el único motor que les mantenga en pie, aunque sea del modo más ruin posible.

Y es que Anna, la protagonista de este libro, aunque se sumerja en el caos con un propósito bien claro, pronto deberá restarle importancia para centrarse en su propia supervivencia. Para ello, tendrá que valerse de su soledad y, a veces, de la ayuda de otras personas, aunque esto implique la aparición de sentimientos que posteriormente deberá destruir para poder seguir adelante. Nadie va a negar que también hay oasis de felicidad en aquel desierto de la devastación, pequeños suspiros de alivio y paz que tarde o temprano acabarán cortándote la respiración. Y es que aquí poco importa lo legal o miserable que seas, todos terminan siendo devorados por las entrañas de esta ciudad sin salida.

Auster firma una novela breve de una intensidad pasmosa, con unos pasajes no aptos para lectores sensibles y dotados de una hermosura destructiva que te engancha de principio a fin. La empatía con Anna es instantánea, y sin darte cuenta te conviertes en un superviviente más en esta aventura donde la esperanza es lo único que incita a seguir adelante. No sabes si terminarás desapareciendo como lo hace el resto del mundo que te rodea, y ni siquiera lo sabrás una vez terminada la novela. Pero lo que está claro es que "El país de las últimas cosas" es una lectura imprescindible que esconde un trasfondo psicológico que atemoriza a la población humana desde prácticamente el inicio de su existencia. Puede que no vivamos en un mundo tan caótico como el de la novela, o no al menos del mismo modo. Pero, ¿quién no teme desaparecer? ¿Quién no quiere dejar constancia de su paso por este mundo cuando todo haya terminado?

lunes, 16 de junio de 2014

Dejarse llevar


Saúl se despertó temprano aquella mañana. Estaba desconcertado. No esperaba despertarse tan pronto en su primer día de vacaciones, y menos aún cuando llevaba meses durmiendo una media de seis horas diarias. Se había prometido dormir tantas horas como su cuerpo le pidiese, pero parece ser que su cerebro todavía no estaba alertado del cambio que se acababa de producir en su rutina.

Sin embargo, lejos de enfadarse por aquella traición autónoma y tratar de reconciliar el sueño, sonrió. No tenía motivos para cabrearse por haber dormido poco aquella noche. Hoy su cuerpo le pedía aprovechar el día desde bien temprano, y ya habría otro día en el que pudiese dormir cuanto le vendría en gana.

Sin remolonear en la cama más de lo justo, lo primero que hizo al levantarse fue acercarse a la ventana. El sol estaba radiante, con aquel brillo especial y renovador con el que reluce durante las primeras horas de la mañana. Saúl estuvo un par de minutos observándolo, pensando. Todo parecía estar a su favor, y sería un error garrafal desaprovecharlo quedándose dentro de su habitación. Así que, sin dudarlo ni un momento, se puso el bañador, se calzó unas sandalias -la primera vez desde septiembre-, cogió una toalla y un libro y se marchó a la playa.

Ver el mar no era nada sorprendente para alguien que vivía frente a él el resto del año. Sin embargo, aquella mañana la visión era distinta. Puede que el paisaje fuese igual de maravilloso que siempre, pero era la primera vez que lo estaba disfrutando de verdad. Era la primera vez en casi diez meses en la que volvería a formar parte de él.

El joven sintió la necesidad de descalzarse nada más llegar a la arena. Necesitaba sentirla en sus pies, pese a que su densidad y el calor que desprendía le dificultaban la llegada hasta la orilla del mar. Era una sensación extraña, tal vez masoquista, pero siempre agradable. Cuando quedaban pocos metros de distancia para llegar a la orilla, desplegó su toalla sobre la arena y se sentó allí a observar el imperio acuático que se erigía frente a él. Se habría llevado consigo su inseparable ipod, pero no había sido un despiste habérselo dejado en casa. Esta vez quería escuchar el sonido relajante de las olas, el cual era igual de placentero que aquellas canciones que jamás dejarías de escuchar.

Tras un par de minutos contemplando aquellas aguas serenas y cristalinas, empapándose del sonido de la tranquilidad, Saúl volvió a ponerse en pie, se quitó la camiseta y empezó a andar con paso firme hacia la orilla. El primer contacto de sus pies con el agua fresca fue tan chocante como revitalizante. Estaba fría, como cualquier mañana a aquellas horas, pero eso no lo iba a detener. Siguió adentrándose en aquellas aguas que parecían haberse renovado para él. Otra señal más. 

Cuando el agua ya estaba a punto de llegarle a la cintura, decidió acabar con aquella angustiosa espera y se escabulló. Los escalofríos le provocaron un grito ensordecido, un alarido con el que exorcizó todas las angustias pasadas a lo largo de aquel año. La sensación no pudo ser más refrescante y liberadora. Se sintió empapado de armonía y paz, como si cualquier problema se hubiese quedado fuera del mar. La sensación no pudo ser más refrescante y liberadora. Acto seguido, se tumbó boca arriba y cerró los ojos, sintiendo como su cuerpo y el agua se fusionaban en un mismo elemento. Como si hubiese vuelto a nacer. 

Este verano no iba a dejarse llevar por las esperanzas y las expectativas. Era un error establecer una rutina y unos horarios en una época en que lo esencial era romper la monotonía y el orden. No sabía qué le depararían los próximos meses, pero no le importaba lo más absoluto. El verano estaba hecho para disfrutar el momento, el único momento del año en que tanto el pasado como el futuro no influían lo más mínimo en el presente. Había que dejarse llevar por la corriente, justo como en aquel preciso e inmejorable momento. 

Por ahora, el verano no podría haber comenzado de un modo más perfecto.


lunes, 9 de junio de 2014

"La noche nos alumbrará", de Àlex Pler


Soy uno de esos maniáticos de la lectura que considera que la atracción de un libro depende mucho de la etapa por la que está pasando su lector. Hay libros que abandonaste hace mucho tiempo porque no entendías qué estaban tratando de transmitirte. Has tenido que esperar hasta hoy para atreverte a releerlos y encontrar en sus páginas fragmentos casi calcados a experiencias de tu vida o a sueños que aspiras alcanzar.

Sin embargo, hay novelas que no sólo mantienen intacto su brillo con el paso del tiempo, sino que descubres otras lecturas e interpretaciones cada vez que acudes a sus páginas. Son libros esenciales que necesitas que estén cerca de ti para sentirte mucho más cómodo en tu habitación. Ellos serán el arma que te defenderá de cualquier monstruo que se atreva a irrumpir en tu vida, y lo sentirás con cada página que rozan tus dedos, aunque sea la primera vez que lo hagan.

Las palabras "protección" y "bienestar" son las primeras que me vienen a la cabeza cada vez que recuerdo lo que he sentido con cada uno de los relatos de La noche nos alumbrará. Àlex Pler recoge las mejores entradas de su blog y las convierte en un libro de aventuras donde, al igual que en la vida real, seremos nosotros quienes decidiremos qué camino tomar. Pero lo esencial en cada una de las vertientes de esta "novela" no es llegar a descubrir qué es lo que nos espera al final del trayecto, sino disfrutar de todos y cada uno de los tramos del viaje.

La noche nos alumbrará es un faro en medio de un océano, una botella de agua en un desierto o un abrazo cuando creemos que lo tenemos todo perdido. En todas y cada una de sus páginas hay optimismo sincero y radiante, hay frases que quieres adoptar como mantras y lienzos que arrojan sobre tu propia vida colores tan vivos que ni siquiera antes habías sido capaz de reconocer. Es imposible no sentirte bien al terminar cada una de sus páginas, del mismo modo que es inevitable sonreír cada vez que ves el libro en la estantería. Lo miras con orgullo, agradeciendo cómo los caprichos del destino te han llevado hasta él, y te juras que jamás va a separarse de ti.

En definitiva, Àlex Pler consigue que aquellos que nos acerquemos a su libro podamos volar teniendo los pies en la tierra, riendo ante la adversidad y bailando incluso cuando las canciones que suenen sean tristes. Sabes que va a ser muy difícil ver el lado oscuro de la vida después de haber leído este libro, y es inevitable no terminarlo sin darle las gracias a su autor por alumbrarnos cada noche con sus palabras, aunque a veces pensemos que no las necesitamos. El mundo necesita un optimismo real, del mismo modo que la literatura necesita nuevos y refrescantes escritores como lo es Àlex Pler.

domingo, 1 de junio de 2014

Ghost Stories



Llegar a la cama tras un largo día de estudio, trabajo u ocio siempre es reconfortante. Hemos llegado a nuestro pequeño rincón favorito, y eso sólo quiere decir que hemos logrado superar otra jornada más. Un pequeño éxito que no siempre es fácil de conseguir y que al caer la madrugada celebras dejando que tus ojos se entrecierren mientras tu cuerpo se amolda a ese paraíso terrenal. Dejamos que nuestras vidas desaparezcan durante unas horas porque tenemos la certeza de que está todo bajo control.

Sin embargo, hay ocasiones en las que algo trastoca tu placer más básico. Te has dejado llevar por la seguridad y la intimidad de las sábanas con tanta despreocupación que, sin darte cuenta, has permitido que aparezcan frente a ti sentimientos, deseos y temores que no se dejaban ver con la luz del sol. Te has acomodado tanto en la tranquilidad de la noche que has llegado a olvidar su otra cara. 

La noche no es sólo paz, también son fantasmas y tormentos. Son historias que no terminaron bien, anhelos o deseos de objetivos imposibles y recuerdos de algo que se te escapó materialmente pero que todavía pervive en tu interior. Y es hoy, el día más inesperado, cuando todos ellos te visitan. Y lo hacen en forma de disco.


Coldplay regresa al panorama musical con un pequeño baúl musical repleto de estas historias de fantasmas, recogidas en un álbum íntimo con el que sumergirte en las profundidades de la noche y de tus propios miedos. El miedo a no encontrar un amor verdadero, el temor de haberlo perdido y que este se encuentre en otros brazos o el escalofrío de no poder alejar algunos pensamientos de tu cabeza. Temes que la noche te sumerja en las profundidades de tu propio infierno, de un océano psicológico del que no puedes salir.

Pero, incluso en las noches más oscuras, hay un cielo lleno de estrellas dispuesto a iluminarte y hacerte recordar que todo recordarte que es cuestión de tiempo (y de esfuerzo) que todo se evada. No podemos predecir cuándo, pero sí que tenemos la certeza de que sucederá. Porque como dice Chris Martin en "O", sometimes they arrive, sometimes ther are gone. 


De nada sirve luchar contra aquello que tarde o temprano deberemos afrontar para lograr superarlo. Hay que dejarse llevar por la magia de la realidad, la que nos demuestra cada día que el sol vuelve a iluminar tu habitación tras una larga noche de insomnio.

miércoles, 28 de mayo de 2014

10.000 km


Nadie es consciente de lo que le puede deparar el día cuando se despierta. Nos tomamos cada nuevo día como una prolongación del anterior, desayunando las mismas tostadas con mermelada, intentando quitarnos las legañas de los ojos o echando un polvo regenerador con aquella persona que lleva ocho años durmiendo a tu lado. Tenemos la rutina tan asumida en nuestra vida que no somos capaces de pensar en cómo el destino puede romperla en cuestión de un segundo. Y lo hace. Lo que iba a ser un día más en aquella perfecta vida cosmopolita se desvía hacia nuevos y peligrosos caminos que hay que estar dispuestos a recorrer para seguir avanzando hacia nuestros sueños; aunque estos a veces nos alejen del bienestar actual.

De repente, pasas de amanecer en Barcelona a no poder conciliar el sueño en Los Ángeles. Tú estás aquí, pero tu vida no. Esta se ha quedado en la Ciudad Condal, y la única manera de acceder a ella es a través de una pantalla de ordenador, una ventana electrónica que te acerca a todos tus recuerdos. Y a él. Sabes que se siente igual como tú, que lo que era vuestro nido ahora se ha convertido en una jaula de la que es muy difícil salir. Os ayudáis a sobrevivir cada día en un mundo donde no os encontráis. Vuestros rostros están a pocos centímetros, vuestras voces se escuchan con claridad, pero vuestros cuerpos están a 10.000 kilómetros de distancia. Qué difícil es bailar con alguien cuando no lo tienes a tu lado para guiarte cuando te pierdes en un paso.

 

Cuando la distancia se entromete en una relación, los espacios individuales pasan a ser océanos repletos de tiburones, los silencios no pueden llenarse de besos o de caricias y las discusiones tontas no tienen el comodín de ese abrazo silencioso que ayuda fácilmente a resolverlas. Todo se magnifica cuando aquella persona con la que quieres compartir tu vida deja de formar parte de ella, o al menos de manera física. Lo hace el amor, pero también los problemas que, en la proximidad, no llegaban a apreciarse.

Una relación es un plato cocinado con muchos ingredientes, donde la proximidad tan sólo es el sazonador que le da un mejor gusto al resultado final. La compenetración, los puntos en común, la aceptación de los pequeños fallos del otro, la confluencia de dos mundos distintos y la predisposición a crear un futuro en común son también condimentos esenciales para que el plato cocinado tenga el sabor que le corresponde. Las relaciones a distancia (y muchos lo sabemos) funcionan siempre que las bifurcaciones vuelvan al camino principal, pero no cuando esta se produce en rincones psicológicos o afectivos.


miércoles, 30 de abril de 2014

5 razones por las que creer en el cine de superhéores


Visto como un género "freak", los superhéroes llevan décadas intentando hacerse un hueco en el complicado mundo cinematográfico y arrastrando una lacra de la que no han logrado desprenderse con demasiada felicidad. No son pocas los personajes que han visto sus cómics adaptados a la gran pantalla, pero no todos han conseguido alcanzar el éxito (y prácticamente ninguno había conseguido mantenerse con solvencia sin caer en el más absoluto esperpento). 

No son pocos los obstáculos a los que este género cinematográfico se ha tenido que enfrentar durante décadas, pero parece que la llegada del siglo XI ha supuesto un golpe de suerte. Poco a poco la gente deja de ver estas adaptaciones como nimiedades y se brinda a dejarse llevar por un auténtico espectáculo audiovisual que no hace más que ganar terreno y aumentar su calidad. De hecho, podemos decir que nos encontramos ante "la era cinematográfica de los superhéroes", una recompensa conseguida con esfuerzo, constancia y muchísimos experimentos fallidos.

Creo que hay razones de peso que me llevan a defender a capa y espada este género cinematográfico como uno de los más satisfactorios de la actualidad. Hay infinidad de motivos por los que merece la pena alabarlo, pero si alguna vez tenéis que convencer a alguien para que os acompañe a ver la última película de vuestro superhéroe favorito, o simplemente queréis cerrar bocas y conseguir que los detractores del género acaben convirtiéndose en nuevos fans de este, tan sólo necesitáis mostrarles los cinco argumentos que tenéis a continuación. Sencillos, consistentes e infalibles.

1) La llegada del Caballero Oscuro

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Si hay un superhéroe que volvió a activar los oxidados engranajes del cine de este género, ese fue sin duda Batman. El famoso murciélago fue adoptado por las manos del gran Christopher Nolan, quien no sólo consiguió rescatar la figura cinematográfica del Caballero Oscuro de aquel desprestigio conseguido "gracias" a películas como Batman Forever o Batman & Robin, sino que su  aberraciones cinematográficas, sino que logró marcar un antes y un después en el cine de superhéroes y, probablemente, en el séptimo arte. 

Una dirección exquisita, un ambiente adulto y oscuro, unas tramas soberbias, un desarrollo de personajes sublime, unas interpretaciones soberbias, unos villanos de lujo y unas escenas de acción ejecutadas con absoluta maestría que lograron convertir estas películas en una trilogía de culto, aclamada por el público y la crítica. 

Batman logró resurgir de sus cenizas. Y con él, la esperanza y el interés por el cine de superhéroes.

2) La unión hace la fuerza


El universo de DC ya había logrado la gallina de los huevos de oro, y sólo era cuestión de tiempo que Marvel encontrara la suya. Las películas de esta franquicia superaban con creces las ventas millonarias de la otra, pero seguían sin conseguir prestigio o una marca consolidada más allá del personaje de Iron Man (porque hay que recordar que la franquicia de Spiderman estaba más que sepultada). Por ese mismo motivo, decidieron arriesgarse y elevar su ambición hasta cotas estratosféricas con la adaptación cinematográfica de Los Vengadores.

La unión no pudo salir mejor parada. Mientras que las películas de los superhéroes por separado (a excepción, una vez más, de Iron Man) no eran más que una mera carta de presentación de cara a la película que les uniría como equipo, esta supuso una auténtica lluvia de millones y el despertar absoluto de esta fiebre superheroica en la que estamos plenamente sumergidos. 

Los Vengadores ha sido el blockbuster palomitero por excelencia de los últimos años, combinando humor y acción como muy pocas películas del género lo han conseguido en la historia del cine. Una película que ha abierto una auténtica franquicia comercial. Un culebrón superheroico cuya luz está a años luz de apagarse.

3) La renovación del anacronismo

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Tras el éxito de Los Vengadores, si hubiese que escoger a uno de los integrantes a los que mejor les ha sentado su incursión en el grupo, me quedaría sin duda con el Capitán América. La primera aventura en solitario de Steve Rogers no fue precisamente la más dinámica y entretenida de los integrantes del equipo (que no es lo mismo que decir que fue la más floja, porque no lo fue). Sin embargo, sus andaduras posteriores lo han convertido en el integrante con un futuro cinematográfico más interesante y espectacular.

El Capitán América era un auténtico anacronismo cuyas aventuras poco podían transgredir en una época histórica distinta a la que fue diseñado (hay que recordar que fue una propaganda patriótica americana para reclutar soldados que quisieran combatir contra las tropas de Hitler en la Segunda Guerra Mundial). Pero gracias a la fidelidad de la linea argumental de los cómics y a la estupenda adaptación de "El soldado de invierno" (con aires de thriller político bien trazado y una construcción de personajes secundarios envidiable en este género), la modernización del superhéroe ha supuesto todo un éxito y lo ha ensalzado como el Vengador con un futuro cinematográfico más prometedor.  

4) La revalorización las telarañas

 
Batman no es el único superhéroe cuyas aventuras cinematográficas del pasado devaluaron su imagen, ni tampoco el único que consiguió salir del bache. Spiderman también ha logrado que todos olvidemos (o, al menos, lo intentemos) aquella bazofia de trilogía dirigida por Sam Raimi en las que las aventuras del Hombre Araña pasaron de ser entretenidas a vergonzosas.

Muchos pensamos que revitalizar la imagen del superhéroe arácnido con tan pocos años de separación no era muy buena idea. Pero nos equivocamos. Marc Webb fue el encargado de crear una nueva franquicia bajo el nombre de The Amazing Spiderman. Y aunque la primera película no nos terminó de convencer (pese a que era infinitamente mejor que el bodrio de Spiderman 3), ha sido la segunda la que nos ha devuelto la ilusión y las ganas de ver las aventuras de Peter Parker.

 Lo que más nos ha llamado la atención de este resurgimiento no han sido las escenas de acción, sino la construcción de personajes y, en concreto, las actuaciones de aquellos que los interpretan. Andrew Garfield es el mejor Spiderman que el séptimo arte podrá tener nunca, y su química en pantalla con Emma Stone en el papel de Gwen Stacy es soberbia. Es probable que la pareja nos regale los momentos más románticos de toda la historia del cine de superhéroes, así como también la escena con más carga emocional del género. Y esto, en un género que se "conoce" por sus fallos a la hora de establecer empatía y sentimientos en sus historias, es digno de admirar.

5) Triunfo en la gran pantalla y en la pequeña

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Una vez constatado el poder de convocatoria que tienen las historias de superhéroes, era lógico que estas no se quedaran sólo en la gran pantalla. Durante este último par de años la cadenas de televisión estadounidenses se han atrevido a emitir adaptaciones de algunos superhéroes de talla "secundaria" que podían fracasar en taquilla como ya lo hicieron Daredevil o Green Lantern. Arrow fue el conejillo de indias que se encargó de abrir este experimento, y S.H.I.E.L.D le ha seguido los pasos en esta temporada televisiva. 

Tras comprobar el éxito de estos experimentos, ya son muchos los proyectos de que se están gestando de cara al futuro. Uno de ellos es Flash, aunque el más sugerente es el de Gotham, centrada en los villanos del universo de Batman y cuyo protagonista será el comisario Gordon. Como podéis ver, los superhéroes vienen dispuestos a conquistar también el mercado televisivo.


Como podéis comprobar, lejos queda ya aquella época en la que el cine de superhéroes era un género minoritario destinado a saciar aquellas personas devoradoras de cómics o a aquellos niños que soñaban con salvar el mundo de las garras de los villanos más perversos. Hoy en día se ha convertido en el género cinematográfico por excelencia, un género que no sólo está dándonos alegrías visuales, sino que está sorprendiendo con productos cuya calidad radica tanto en tramas como en interpretaciones. Un auténtico espectáculo que nadie quiere perderse y cuya adrenalina y emoción cuestan controlar después de su visionado.

Y es que, por mucho que algunos todavía se empeñen algunos en negarlo, los superhéroes no son más que un trampolín que lleva a mucha gente a perseguir sus sueños con mayor determinación, a establecerse unos objetivos y a disparar su imaginación hasta lugares que de otro modo serían inalcanzables con otros métodos. 

miércoles, 23 de abril de 2014

Babel derruída





La cafetería en la que habían quedado aquella tarde, como sucedía todos los miércoles, estaba a rebosar. Los clientes de aquel local realizaban actos tan dispares como mantener una animada conversación grupal, tratar de llamar la atención de aquel atractivo camarero cuya sonrisa no parecía tener la intención de desaparecer de su rostro o dejar que el café se enfriase mientras la inspiración se disparaba contra la pantalla del portátil. Y, entre toda aquella marea de actividad social, estaban ellos. Los únicos que le otorgaban una amarga y hostil frialdad a aquel ambiente tan cálido e íntimo.

Uno de ellos no sabía muy bien cómo habían llegado a volver a reunirse después de tantos meses. El nombre de su compañero de mesa hacía mucho tiempo que había dejado de aparecer en sus pensamientos y entre los primeros de su lista de contactos de Whatsapp,. Creía que se trataba de otra persona cuando este le envió un mensaje para pedirle aquella cita. Pero no. Era él. El que jamás admitía correcciones o equivocaciones. El que dejó que su orgullo y su ceguera acabaran con todo lo que años y años de convivencia habían construido entre ellos. 

Habían sido confidentes, hermanos de distinta sangre y compañeros inseparables cuya relación parecía ser inquebrantable. Sin embargo, todo aquello pertenecía a un pasado que poco o nada se asemejaba a lo que eran actualmente. Ahora no eran nada más que dos desconocidos a los que les había dejado de importar la vida de aquel que un día habían considerado un amigo. Una obra de arte cuya nula conservación la hacía irreconocible a los ojos de aquellos que la contemplaron cuando todavía brillaba por su singular belleza.

El que había citado a su antiguo amigo en aquella cafetería no fue capaz de pronunciar ninguna palabra, pero no tampoco la necesitó para poder expresar el motivo de aquella inesperada reunión.  En su lugar, una lágrima salió de unos ojos que imploraban arrepentimiento y perdón. Una lágrima que recorrió un rostro demacrado, muy distinto a aquel que rebosaba una arrogante e ignorante felicidad la última vez que se encontraron. Ahora suplicaba con otro tipo de sentimientos, aquellos que deberían haber aflorado de su interior cuando todavía estaba a tiempo de salvar aquella amistad que él mismo había decidido destruir. 

Él chico citado, en otras circunstancias, lo habría perdonado como todo buen amigo haría. Pero ya no. Había pasado mucho tiempo, y él también había cambiado el rumbo y las prioridades de su vida. Unas prioridades entre las cuales no figuraba el nombre de aquella persona que tenía enfrente. No volverían a congeniar como antes, y mucho menos si su memoria sólo lo retenía dentro de ella gracias al dolor que le provocó su abandono. No disponía de tanto tiempo libre como para intentar reconstruir de nuevo aquella torre de Babel. Lo único que podía conseguir era una réplica prefabricada de esta, y aquello era algo de lo que ya había aprendido a despojarse para poder vivir apaciblemente. Ya no daba la vida por alguien con tanta facilidad, y mucho menos si ese alguien ya había disparado contra sus sentimientos anteriormente.

Sin mediar ni una sola palabra, se sacó un billete de su cartera y lo depositó junto a los dos cafés que aún permanecían intactos sobre la mesa. Quiso sonreír a su compañero antes de levantarse y marcharse del establecimiento. Trató de querer ser educado y cortés con aquella persona que un día decidió convertir su vida en un infierno y, sin embargo, lo único que salió de sus labios fue un “no”. Una negación rotunda y segura como pocas antes había hecho a lo largo de su vida.  

Lo habían sido todo para convertirse en nada.


 Jorge Bastante

viernes, 28 de marzo de 2014

Los Renglones Torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena

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Alice Gould es ingresada en el ficticio Hospital Psiquiátrico de Nuestra Señora de La Fuentecilla (Castilla y León) por una serie de delirios que la han llevado a intentar envenenar a su marido numerosas veces. Sin embargo, ella cree que ha sido enviada a aquel lugar para resolver un misterioso asesinato que nunca llegó a esclarecerse. Sin embargo, la peculiar actitud de esta mujer supondrá un auténtico quebradero de cabeza para los médicos de aquel lugar, los cuales no son capaces de determinar si tienen delante a una mujer completamente trastornada o a una víctima de una extraña conspiración.

Mi primer encuentro con Torcuato Luca de Tena no podría haber sido más satisfactorio. Los renglones torcidos de Dios no es otra novela sobre la locura y los manicomios, es LA NOVELA por excelencia de estos temas. Y es que, para prepararla, el autor no dudó en ingresar en un hospital psiquiátrico durante un par de semanas para empaparse del desangelado y perturbado ambiente en el que viven conjuntamente aquellos que más conocen los entresijos de la mente y aquellos que se han perdido en su laberinto.

La experiencia no podría haberle sido más satisfactoria. Parece que Luca de Tena aprovechó todo el jugo de aquel amargo "viaje" para luego exprimirlo en esta novela de ficción donde la certeza y la locura se unen una complicadísima mezcla de la cual el lector, al igual que muchos de los personajes, no son capaces de saber a ciencia cierta qué es locura y qué es realidad.

Quizás una de las proezas más evidentes en esta obra literaria -con el permiso del gran nivel de conocimientos psicológicos que contiene y que se explican a la perfección para aquellos lectores no expertos en la materia- es la creación de un personaje tan singular y atractivo como el de Alice Gould. La protagonista de la novela desprende desde las primeras páginas una personalidad arrolladora y poderosa, con unos diálogos y apreciaciones totalmente fantásticas con los que consigue meterse a lectores, médicos y enfermos en el bolsillo. La empatía y el magnetismo que crea en cada página la convierten sin ningún problema en una de las heroínas literarias contemporáneas más estimulantes y, bajo mi punto de vista, en uno de los personajes literarios más redondos que he tenido la oportunidad de conocer.

Pero Alice Gould no es el único personaje que brilla en esta obra. Los renglones torcidos de Dios presenta todo un extenso abanico de personajes que, pese a que sean creados como instrumentos para aumentar la fuerza literaria de Alice, brillan con luz propia. Desde un fantástico elenco de médicos -adorables, como el caso de César Arellano, o irritantes, como Samuel Alvar- hasta una innumerable lista de dementes cuyas historias consiguen crear unos personajes redondos que facilitan la intromisión del lector en un mundo habitado por los despojos de la sociedad. Por poner algunos ejemplos de estos entrañables compañeros de Alice, diré que es imposible no reírse con Marujita Maqueira, contener las emociones con las historias de Rómulo y la Niña Péndulo o estremecerse con los inquietantes casos de La Mujer Cíclope y La Mujer Percha.

En definitiva, Torcuato Luca de Tena consigue construir un universo perfectamente caótico para contarnos una historia que va a más con cada capítulo y que nunca decae. Perfecta de principio a fin -porque sí, también contiene uno de los mejores finales que he leído últimamente-.

¿Será Alice Gould la demente más compleja de la historia de la literatura? ¿O será la persona más cuerda de todos los que la rodean? Os dejo que lo descubráis por vuestra propia cuenta al leeros la novela, la cual os recomiendo y os obligo a leer en cuanto podáis.

martes, 25 de marzo de 2014

La tara de la tecnología

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Vivimos en la era de la tecnología. Sin habernos dado cuenta, nuestro día a día está dirigido y atado a todo tipo de aparatos electrónicos que te despiertan, te preparan el café, te informan de los sucesos más actuales, te entretienen, te ayudan a trabajar e incluso pueden llegar a satisfacer las necesidades más instintivas y secretas de los usuarios.

Nos hemos abocado involuntariamente a la comodidad que nos produce la tecnología, esa que nos permite hacer varias cosas y estar en varios lugares al mismo tiempo sin la necesidad de estar o hacer nada. Y ante tanta felicidad construida a base de gigas y píxeles me surge la siguiente pregunta: ¿Estamos haciendo las cosas bien?

¿Es lo mismo hablar con alguien mediante 140 caracteres que hacerlo cara a cara? ¿Es igual de placentero sonreír a alguien que enviarle un emoticono que le demuestre esa sonrisa? ¿Produce la misma sensación ir a un estadio o a un cine que visualizar un partido o una película a través de una pantalla de 16 pulgadas? Creo que no es necesario que os exponga las respuestas.

Del mismo modo que todo lo anteriormente expuesto devalúa algunos aspectos de las relaciones humanas, la electrónica también empieza a masacrar poco a poco la literatura. Y no me considero un demente al pensar que el término "libro electrónico" es una de las mayores aberraciones léxicas de nuestro lenguaje. Si algo caracteriza un libro, es su capacidad para magnetizar todos los sentidos humanos con la historia que hay escrita en sus páginas.

http://1.bp.blogspot.com/-Nz_8AElAH_c/UX17g-RnEXI/AAAAAAAABjg/Ggmx6vvipGA/s1600/libros.jpgMuchos pensarán que el libro electrónico es mejor porque permite almacenar una mayor cantidad de libros en un espacio mucho más reducido y, además, a un precio mucho más económico. Pero lo que muchos no se paran a pensar es que con ese aparato se pierde gran parte de la emoción que supone tener un libro (ir a una librería, pasarse horas perdido entre las estanterías buscando aquella historia que te incite a pagar por ella, coger el libro y sentir su peso y, por supuesto, impregnarte de aquel olor tan característico que tienen sus hojas la primera vez que las tocas). Tampoco se puede comparar el impacto que produce ver una estantería de libros que han pasado por tus manos y por tu mente a lo largo del tiempo (¿cómo exhibes ante los demás y ante ti mismo tu currículo como lector a través de una minúscula pantalla?) y, en términos económicos, ya lo dijo el flamante escritor valenciano Joan Fuster: "Si le das a la literatura un valor, esta tendrá que tener un precio".

Así pues, no veo motivo alguno para rechazar los libros de papel y olvidar todo el esfuerzo, las ilusiones, la magia y la tradición que hay en ellos. Unos detalles que, bajo mi humilde punto de vista, no creo que el libro electrónico vaya a poseer durante toda su existencia.

La sociedad debe siempre avanzar hacia el progreso, pero manteniendo aquellos pilares que la han construido intelectualmente para conseguirlo. Y es que el libro, le pese a quien le pese, es y será siempre aquella tara de la tecnología que la convertirá en imperfecta.

sábado, 22 de marzo de 2014

Dioses y Quimeras


No estoy en contra de los dioses. Al fin y al cabo, sus poderes no sólo pueden usarse para propósitos truculentos y atrozes, por mucho que la sociedad en la que vivimos se empeñe en demostrarlo. Ellos no tienen la culpa de haber nacido a base de leyendas milenarias, como tampoco la tienen de aquellas reticencias impuestas por sus aduladores a lo largo de los siglos.

Pertenecer a una religión puede equivaler a vendarse los ojos y la mente, a delimitar la realidad y la capacidad que esta tiene para sorprenderte y a rechazar cualquier cosa que no esté sujeta a sus dictámenes. Unos buscan en ellas respuestas a preguntas que ni siquiera el destino puede descifrar, mientras que otros la utilizan como una especie de material simbiótico del que aprovecharse y aumentar su posición económica y social. Cada persona puede escoger actuar, pensar y ser lo que quiera, aunque esta elección aparentemente libre a veces caiga en una opresión irreparable.

No obstante, los dioses y las religiones no son los temas que quiero abordar en esta entrada. Yo no temo a los dioses, sino a aquellas quimeras que surgen a nuestro alrededor y que se erigen con una furia inadvertida para destrozar todo cuanto les sea capaz. Son monstruos de carne y hueso, de nombres y apellidos, que aparecen en las vidas de otros para apropiarse de ellas y así alimentar su sed de poder y control. 

Normalmente adoptan el disfraz de amigos o parejas, insertándose en el mundo de aquella persona que han escogido como víctima y desprendiendo en ella su veneno mientras esta es totalmente inconsciente de lo que ocurre a su alrededor. Se regodean en el placentero martirio del aislamiento, en sus grandes dotes de tergiversación y en el enorme placer que les produce ir derruyendo todos y cada uno de los pilares de la vida de su objeto de deseo hasta convertirles en sus esclavos o mascotas y hacerles creer que son ellos el único motivo por el que vale la pena vivir.

Personalmente, he tenido la suerte de no tropezarme con muchas quimeras a lo largo de mi vida, pero sí he sido testigo de gente que ha quedado atrapada dentro de su embrujo y de como estos han pasado de una vida aparentemente triste a una vida realmente peor.  Es triste ver como estos pobres infelices creen que se lo deben todo a esa secta psicológica que se ha incrustado en su mente y lo difícil que va a ser abandonarla cuando sean conscientes de lo que les está ocurriendo. 

Pero a todo dios, ya sea onírico o material, le llega su caída. Y pueblos más grandes se han vuelto a levantar después de ser expuestos a la repugnante tiranía de un monstruo.



jueves, 27 de febrero de 2014

"Her", la realidad del artificio

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No descubro un secreto ancestral al decir que el boca-oreja es la mayor promoción que puede tener cualquier obra de arte en la actualidad. Gracias a ello no sólo llegamos a leer, escuchar o visionar cosas que por nuestra cuenta no habríamos hecho nunca, sino que además te crean una sensación de necesidad por aproximarte a ellas y dejarse llevar por su contenido.

Algo así me ocurrió con Her, una película que llegó a mí hace ya un par de meses por la de comentarios y críticas que se dejaban ver por las distintas redes sociales, encumbrándola incluso antes de ser exibida. Una película futurista, supuestamente de ciencia-ficción, se convertía en el drama más conmovedor de los últimos meses. Y yo me pregunté: ¿por qué una película tan aparentemente lejana a nuestra realidad está consiguiendo trastocar o hacer reflexionar a todos aquellos que la ven?

La historia de Her es bien simple. Theodore es un hombre con el corazón roto, obstinado a vivir una vida que dejó de emocionarle cuando se separó de su esposa. Ahora se dedica a escribir cartas y dedicatorias ajenas, enfrentándose día a día a esos sentimientos que acaban con él inconscientemente, y aislándose del mundo que le rodea gracias a los distintos entretenimientos que ofrece la tecnología de esa época ligeramente avanzada a la nuestra. Pero entre tanto aislamiento social, Theodore descubre la existencia de un nuevo sistema operativo que dispone de un complejo mecanismo de Inteligencia Artificial personalizable con el que puede satisfacer todas las necesidades del usuario. Y así es como conoce a Samantha, una voz que cambiará el resto de sus días y, probablemente, su vida. El resto, ya lo descubriréis por vuestra cuenta si decidís acudir a verla algún día.

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Con una historia bien contada, una fotografía evocadora y unas interpretaciones más que magníficas -es imposible no desear abrazar a Joaquin Phoenix en algún momento del metraje-, Her viene a demostrarnos que aquello que el ser humano busca, ha buscado y seguirá buscando durante la existencia de nuestra especie es sentirse querido. Da igual que nos creemos falsos sentimientos de autosuficiencia o que nos empeñemos en vivir en un mundo donde se priorice mantener contacto con otros a través de mil pantallas. El ser humano huye de la soledad, necesitando sentirse querido por alguien -o algo- para dar lo mejor de sí mismo o para no hundirse cuando todo se viene abajo. Necesita unos labios que lo besen, unos brazos que lo abracen y un cuerpo con el que poder consumar unas necesidades tan instintivas como vitales. O hay veces que incluso se "conforma" con mantener una relación intelectual placentera y satisfactoria, y lo digo entre comillas porque probablemente es aquello más difícil de conseguir.

Y es que es imposible no salir desencajado de la sala de cine tras ver esta película. Probablemente porque lo más extraño de Her es tener la sensación de que te está contando una situación totalmente normal en un futuro no muy lejano. ¿O acaso no reímos, lloramos y nos emocionamos viendo una película a través de una pantalla o escuchando cierta música desde nuestros auriculares? Efectivamente, nos asemejamos a Thedoroe más de lo que pensamos.

 

martes, 18 de febrero de 2014

Caín, de José Saramago



Hay veces que el ser humano tiene la extraña manía de rechazar inexplicablemente cosas que nunca ha probado, decidiendo que no le atraen o no le gustan porque su cerebro así lo ha decidido. Pero la mayoría de veces, si nos atrevemos a dejar estos prejuicios a un lado y arriesgarnos, siempre terminamos pensando en cómo habíamos pasado tanto tiempo sin ello.

Esa fue mi experiencia con José Saramago, un autor al que yo tenía totalmente encasillado en géneros literarios que no me atraían demasiado y que, una vez más, me demuestran que cualquier historia o género literario puede ser maravilloso cuando el creador también lo es.

En Caín asistimos a una versión del Antiguo Testamento muy diferente al que se nos ha mostrado tropecientas veces en las escrituras bíblicas. José Saramago da un giro de tuerca a uno de los personajes más odiados por el cristianismo y lo convierte en absoluto protagonista -o espectador, depende del enfoque que le queramos dar- de esta disparatada y divertida historia que pone a Dios contra las cuerdas y que nos hace reflexionar sobre qué o quién es el verdadero villano de aquellas historias.

Con un humor absolutamente hilarante y mordaz, el lector podrá sumerirse en los viajes temporales de Caín y su jumento y releer historias como las de Moisés, Abraham o Noé muy distintas a las que nuestra mente tenía más que asentadas. Un libro para disfrutar en cada una de sus páginas al mismo tiempo que alimentas tu espíritu crítico respecto a cánones tradicionales de la civilización occidental.

Y es que, como bien me dijo el encargado de que este Caín llegase a mis manos, estudiar religión con este libro sería muchísimo más divertido...y creíble.


viernes, 14 de febrero de 2014

Sobrevivir a San Valentín

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 Si habéis salido a la calle a lo largo de esta semana, habréis comprobado que hay una cierta tensión en el ambiente. Y no es por culpa de esa ciclogénesis explosiva que los medios de comunicación nos venden como una nueva catástrofe medioambiental patrocinada por Michael Bay, sino por la proximidad de una fecha que levanta tantas pasiones como odio.

San Valentín es esa fecha donde las mujeres esperan el regalo de sus vidas, los hombres se dejan la vida buscando esos regalos y la maquinaria del comercio se frota las manos por lo patéticamente absurdos que podemos ser los seres humanos repetidas veces a lo largo del año.

No voy a decir que estoy en contra de un día como este porque no crea en el amor -de hecho, quien me conozca sabe que es todo lo contrario-, sino por el hecho de que fechas como esta deslucen por completo el resto de días. ¿Quién es peor novio por querer a su pareja del mismo modo los 365 días del año? ¿Tiene menos importancia darle una sorpresa a la persona que quieres sólo por el hecho de dársela un 19 de julio? Una vez más, el consumismo occidental gana esta partida carente de moralidad y sentido común -porque ya me diréis qué sentido tiene, por ejemplo, luchar contra el cáncer un sólo día y olvidarnos de él el resto del año-.

Como no quiero amargarles al día a aquellos que han caído presa del consumismo, ni tampoco a aquellos que no tengan nadie con quien celebrarlo, os diré que hoy es el Día de los Enamorados, pero nadie ha dicho a qué tipo de amor hace referencia. Por eso, lee una novela si tu pasión es la lectura, disfruta de una de tus películas favoritas si eres un amante del cine, o atibórrate a chocolate si ese es el motivo por el que late tu corazón.

Enamoraros de la vida, que es con la que tendréis que compartirlo todo hasta el fin de vuestros días.